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"No quiero otra vida para sentirme en casa. Quiero encender la belleza en la que ya está ocurriendo."

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Categoría: ✍️ Historias que respiran

Crónica íntima, observación y escritura sensorial. Historias que nacen de mirar un poco más despacio.

Momento de conexión de María con su mano en algún bosque de Tirol.

Cuando una historia consigue tocarnos

Publicada el 14 septiembre, 20268 septiembre, 2026 por Meryfu

Hay veces en las que escribimos para recordar.

Otras, para comprender.

Y algunas, sin saber muy bien por qué, hasta que un día volvemos sobre esas palabras y descubrimos que también nos estaban esperando a nosotros.

Me pasó hace un tiempo, sentada en mi lugar de escritura, mientras releía algo que yo misma había escrito.

Era la historia de uno de los momentos más difíciles de mi vida.

El accidente.

El día en que una máquina cayó sobre mi brazo y todo lo que hasta entonces parecía formar parte de mi vida empezó, de repente, a llenarse de preguntas.

Había escrito aquel momento con todo lo que vino después.

El accidente.

Las horas de espera.

Las decisiones que tenían que tomarse.

Las palabras de los médicos.

Las posibilidades que se abrían delante de mí.

Y también aquellas que parecían cerrarse.

Cuando llegué al hospital, ni siquiera sabían todavía si podrían salvar mi brazo.

Yo tenía veinticinco años.

Y recuerdo haber tomado una decisión antes incluso de saber cómo sería capaz de cumplirla.

Le dije al médico que no quería que lo amputaran.

Que intentara reconstruirlo como pudiera.

Que yo haría el resto.

Después llegaron los pronósticos.

Me dijeron que quizá no volvería a mover la mano como antes.

Que tendría que esperar muchísimo tiempo incluso para empezar a mover algunos de los dedos que habían quedado sanos.

Me dijeron que quizá no volvería a trabajar en una cocina.

Que mi vida laboral podría terminar reducida a trabajos de oficina.

Había muchas cosas que, desde fuera, parecían ya escritas.

Pero yo no estaba preparada para vivir una historia que otros hubieran terminado por mí.

Y seguí.

Con miedo, sí.

Con dolor.

Con días mejores y días peores.

Pero seguí.

Hasta que un día ocurrió algo que, para mí, tuvo mucho más significado que cualquier pronóstico.

A los tres meses ya podía mover aquello que me habían dicho que quizá no podría mover hasta pasado un año.

Y seguí haciendo cosas que, en algún momento, alguien había pensado que ya no formarían parte de mi vida.

No cuento esto para demostrar que siempre podemos conseguir exactamente aquello que queremos.

Ni porque crea que todo dolor tiene una explicación sencilla.

Lo cuento porque aquel día, al releer mi propia historia, algo dentro de mí cambió.

Porque yo ya sabía lo que había sucedido.

Había vivido cada uno de aquellos días.

Pero nunca había visto todo el camino delante de mí de aquella manera.

Lo vi escrito.

Vi a aquella chica de veinticinco años tomando una decisión sin saber todavía todo lo que iba a necesitar para sostenerla.

Vi sus dudas.

Vi sus miedos.

Vi su insistencia.

Y vi también a la persona que, tiempo después, estaba allí sentada leyendo todo aquello.

Y lloré.

Pero no lloré por lo que había pasado.

Lloré porque, por primera vez, pude verme desde fuera.

Pude ver todo lo que había atravesado.

Todo lo que había aprendido.

Todo lo que había conseguido.

Y pensé:

De esto fui capaz.

No sé si existe una forma más bonita de encontrarse con una misma.

A veces no lloramos porque una historia sea triste.

Lloramos porque, al volver a leerla, descubrimos todo lo que fuimos capaces de atravesar.

Porque hay lágrimas que no hablan de derrota.

Hablan de alivio.

De orgullo.

De gratitud.

De felicidad.

De esa emoción extraña que aparece cuando comprendes que aquella persona que un día no sabía si podría volver a hacer ciertas cosas… finalmente las está haciendo.

Y quizá por eso escribir tiene algo tan poderoso.

Porque mientras estamos viviendo una historia, muchas veces solo podemos ver el siguiente paso.

No vemos el camino entero.

No sabemos todavía qué va a ocurrir.

No sabemos qué parte de aquello que hoy parece imposible acabará siendo simplemente una parte de nuestra vida.

Pero cuando escribimos, cuando ponemos delante de nosotros aquello que hemos vivido, podemos volver a mirarlo con otra distancia.

Y quizá entonces descubrimos algo que mientras ocurría no podíamos ver:

que también estábamos creciendo.

Que también estábamos cambiando.

Que incluso en los momentos en los que pensábamos que solamente estábamos intentando sobrevivir al día, había algo dentro de nosotros aprendiendo a levantarse.

Por eso creo tanto en las historias.

Porque una historia no termina necesariamente cuando quien la escribe pone el punto final.

A veces empieza ahí.

Cuando otra persona la lee.

Cuando alguien se reconoce en una frase.

Cuando una experiencia ajena consigue poner palabras a algo que todavía no sabía cómo nombrar.

Cuando una puerta que parecía cerrada deja de parecerlo.

Eso es lo que significa para mí que alguien me diga que una historia mía le ha tocado.

No significa solamente que le haya gustado.

Significa que algo de mí ha conseguido llegar hasta algún lugar dentro de esa persona.

Que mi experiencia, mis palabras, mi manera de mirar el mundo o simplemente mi forma de haber atravesado algo pueden acompañarla durante un instante.

Y quizá, con un poco de suerte, hacerle mirar de otra manera aquello que pensaba que ya estaba decidido.

Porque yo también he tenido puertas delante que parecían cerradas.

Y alguien, alguna vez, puede necesitar ver que otra persona las empujó.

Que quizá no se abrieron de la manera que esperaba.

Que quizá costó muchísimo.

Pero que estaban ahí.

Y que merecía la pena intentarlo.

No sé si a todo se le puede llamar milagro.

Pero sí sé que hay cosas que, cuando las vivimos, nos recuerdan que la esperanza tiene una fuerza que no siempre sabemos medir.

Que hay caminos que no podemos imaginar desde el principio.

Que la vida puede sorprendernos.

Y que, a veces, aquello que alguien pronosticó para nosotros no tiene por qué convertirse en nuestra historia.

Por eso, cuando vuelvo a leer aquella historia y me emociono, ya no veo solamente el accidente.

Veo a una mujer que decidió confiar en sí misma cuando todavía no sabía hasta dónde podía llegar.

Veo a alguien que siguió caminando.

Y quizá eso sea, al final, lo que más me emociona de escribir.

Que un día puedas mirar tus propias palabras y descubrir que contienen una versión de ti que quizá todavía no sabías cuánto admirabas.

Y que, después de haber sido tuyas, puedan dejar de pertenecerte solamente a ti.

Porque algunas historias nacen de nuestra vida.

Pero quizá están destinadas a acompañar también la vida de alguien más.

Y si alguna de las mías consigue hacerlo alguna vez, aunque sea durante un pequeño instante, entonces habrá valido la pena haberlas escrito.

Con sabor a cardamomo y canela,
Meryfu enciende la candela.
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El día que entendí que el hogar podía tener más de una puerta

Publicada el 10 septiembre, 20268 septiembre, 2026 por Meryfu

Durante mucho tiempo creemos que hay cosas que son así.

Porque siempre han sido así.

Porque en nuestra casa se hacían así.

Porque nuestra familia pensaba así.

Porque en nuestro pueblo, en nuestra ciudad o en nuestro país las cosas funcionan de esa manera.

Y cuando creces dentro de una sola forma de mirar el mundo, es bastante fácil confundir lo conocido con lo universal.

A mí me hizo falta vivir en cuatro países para empezar a darme cuenta.

España.

Austria.

Italia.

Bulgaria.

Cuatro lugares.

Cuatro maneras de entender muchas cosas.

Cuatro formas de comer, de celebrar, de trabajar, de relacionarse, de construir una familia, de entender el tiempo, el dinero, la casa, la calle, los vecinos, la comida, el descanso, incluso aquello que significa vivir bien.

Y cuanto más cambiaba de lugar, más me costaba creer que hubiera una única manera correcta de hacer las cosas.

Al principio simplemente observaba las diferencias.

Una costumbre que en un sitio parecía completamente normal y en otro resultaba extraña.

Una forma de cocinar que en un país era casi sagrada y en otro ni siquiera formaba parte de la conversación.

Una manera de entender la familia.

Una manera de trabajar.

Una manera de relacionarse.

Una manera de celebrar.

Una manera de vivir.

Y poco a poco empecé a entender que ninguna de aquellas formas era la forma.

Eran formas.

Y aquello, que parece una diferencia pequeña en una palabra, para mí abrió una puerta enorme.

Porque si existen tantas maneras de vivir fuera de mí, quizá también existan muchas más maneras de vivir dentro de mí.

Quizá no tenía que elegir una sola.

Quizá tampoco tenía que defender constantemente aquello con lo que había crecido.

Podía quererlo.

Podía conservarlo.

Podía sentir que era mío.

Y, al mismo tiempo, descubrir otras cosas.

Recuerdo especialmente haber entendido algo sobre el hogar.

Yo siempre había pensado en el hogar como algo bastante definido.

Tu casa.

Tu familia.

Tu lugar.

Ese sitio al que perteneces.

Y entonces me encontré viviendo lejos.

Y ocurrió algo que al principio me pareció extraño.

Empecé a sentirme en casa en otros lugares.

No porque dejaran de importarme los de antes.

No porque mi hogar de origen desapareciera.

Simplemente había aparecido algo más.

Podía entrar en una casa que no era la mía y sentir calma.

Podía sentarme a una mesa con personas que no compartían mi sangre y sentir familia.

Podía caminar por una ciudad que no era aquella en la que había nacido y reconocer, de alguna manera, algo mío.

Y ahí entendí que quizá el hogar no era solamente un lugar.

También podía ser una sensación.

Una conversación.

Una mesa.

Una persona.

Una rutina.

Una forma de sentirte recibida.

Una parte de ti que, por alguna razón, encuentra dónde descansar.

Y si podía tener más de un hogar, quizá también podía tener más de una versión de mí.

Aquello me cambió.

Porque también empecé a soltar otra idea que había llevado conmigo durante mucho tiempo:

que existe una opinión correcta.

Una manera correcta de hacer las cosas.

Un camino correcto.

Una historia correcta.

Como si en algún lugar del mundo existiera un libro secreto en el que estuvieran escritas todas las respuestas y nosotros solo tuviéramos que encontrarlo.

Pero yo había visto demasiadas formas distintas de vivir.

Había conocido personas convencidas de cosas completamente diferentes.

Y muchas de ellas eran buenas personas.

Personas que querían a sus familias.

Que trabajaban.

Que soñaban.

Que cuidaban.

Que reían.

Que tenían miedo.

Que querían ser felices.

Solo que habían aprendido a hacerlo de otra manera.

Y entonces empecé a comprender algo que me dio una libertad enorme:

que una experiencia puede ser verdadera para alguien sin tener que convertirse en la experiencia de todo el mundo.

Que una persona puede enseñarte cómo vive sin enseñarte cómo tienes que vivir.

Que escuchar a alguien no significa entregarle el volante de tu vida.

Y que quizá una de las cosas más bonitas que podemos hacer con las experiencias de los demás es conocerlas sin convertirlas inmediatamente en instrucciones.

Eso también cambió mi relación conmigo.

Empecé a mirarme más.

No para dejar de escuchar al mundo.

Al contrario.

Para poder escucharlo sin perderme dentro de él.

Porque creo que existe una diferencia enorme entre escuchar y reflejar.

Puedo escucharte.

Puedo entenderte.

Puedo admirar cómo haces las cosas.

Puedo aprender de ti.

Pero no tengo por qué convertir tu experiencia en el mapa de la mía.

Y tú tampoco tienes por qué hacerlo conmigo.

Creo que parte de crecer consiste precisamente en eso.

En aprender a mirar lo que otros han vivido sin pensar automáticamente que nosotros tenemos que vivirlo igual.

En poder decir:

Esto funciona para ti.

Esto me inspira.

Esto me enseña algo.

Pero ahora voy a descubrir qué significa para mí.

Vivir en distintos países me enseñó que las fronteras existen.

Pero también me enseñó que muchas de las fronteras que llevamos dentro son aprendidas.

Y algunas pueden moverse.

Incluso desaparecer.

Incluso convertirse en puertas.

Quizá por eso ahora me cuesta tanto pensar que alguien tenga que elegir una única forma de pertenecer.

Puedes querer un lugar y querer otro.

Puedes sentirte de aquí y también de allí.

Puedes llevar contigo una receta de tu abuela y aprender otra en una cocina al otro lado de Europa.

Puedes echar de menos tu casa mientras construyes otra.

Puedes conservar tus raíces sin impedir que crezcan ramas nuevas.

Y puedes cambiar de opinión sin traicionarte.

De hecho, a veces cambiar de opinión es precisamente una de las formas más honestas de serte fiel.

Porque ya no eres exactamente la persona que pensaba aquello.

Has vivido.

Has visto.

Has sentido.

Has conocido.

Y ahora sabes algo que antes no sabías.

No creo que vivir en cuatro países me haya dado una respuesta sobre cómo hay que vivir.

Creo que me quitó la necesidad de encontrarla.

Y quizá esa haya sido una de las mayores libertades que me ha regalado el mundo.

Entender que no hay una única puerta para llegar a casa.

Hay muchas.

Y algunas todavía no sé dónde están.

Pero ya no necesito tenerlas todas localizadas.

Me basta con seguir caminando.

Con curiosidad.

Con los ojos abiertos.

Y con la libertad de descubrir, cada vez que llego a un lugar nuevo, que quizá también puedo sentirme un poquito en casa allí.

La receta que nadie escribió

Publicada el 9 septiembre, 20269 septiembre, 2026 por Meryfu

Estoy en la cocina y todavía no sé qué voy a hacer.

Hay algunas cosas sobre la encimera. Unas cuantas más dentro de la nevera.

Abro cajones, miro, vuelvo a cerrar. Miro la despensa.

Siento que hay ingredientes que sé que quiero utilizar y otros que todavía no sé si me apetecen.

Y pienso, quizá la vida se parece bastante a esto.

No sé quién escribió la primera receta.

Quizá una madre.

Quizá una familia entera.

Quizá el lugar donde nacimos, el país, la época, las personas que nos rodearon, aquello que creímos, aquello que dejamos de creer, alguna experiencia que nos cambió para siempre.

Quizá empezamos a cocinar mucho antes de saber que estábamos cocinando.

Siento que se van poniendo ingredientes sobre la mesa.

Amor.

Curiosidad.

Misterio.

Soltar.

Deseo.

Risas.

Soledad.

Pan.

Placer.

Viajes.

Intentos.

Descubrimientos.

Valor.

Creación.

Y también miedo, si lo hay.

Quizás dolor.

Tal vez pérdidas.

Cosas que elegimos.

Y otras que quizá, alguien elige por nosotros.

Una sensación me recorre el cuerpo.

Durante mucho tiempo quizá ni siquiera me pregunté qué estaba haciendo con todo aquello.

Simplemente seguí cocinando.

-Hay recetas que aprendí mirando. Me digo en voz alta.

Como en casa, hay una que no está escrita en ninguna parte y, sin embargo, todos sabemos que existe.

El estofado de ternera lleva chocolate.

Puede llevar tinto o no.

Las verduras pueden variar.

Las cantidades también.

Cada uno puede hacerlo un poco diferente, con su toque.

Pero el chocolate entra, le da profundidad.

No hace falta escribirlo.

Está ahí porque una mujer lo puso alguna vez y, después, alguien más siguió poniéndolo.

Me está gustando pensar que con ese simple gesto, sentimos una conexión.

Hay ingredientes que recibí sin preguntar.

Una forma de querer.

Una manera de hablar.

Una manera de entender el éxito.

Una determinada idea sobre lo que significa ser una buena persona.

Una forma de relacionarnos.

Una creencia.

Una costumbre.

Un miedo.

Una esperanza.

Incluso una manera de imaginar quién podemos llegar a ser.

He curioseado con algunas de esas cosas.

Con otras no.

Quizá tardé un poco en darme cuenta de que puedo mirar la receta y preguntar…

¿Esto lo quiero yo? ¿Es lo que siento realmente?

No para rechazar todo lo que vino antes.

Ni juzgar sus miradas.

– No creo que se trate de eso. Se cuela entre mis labios.

Hay cosas que heredé y que, después de mirarlas bien, elijo conservar.

Porque me gustan.

Porque me reconozco en ellas.

Porque forman parte de instantes importantes y quiero que sigan viviendo conmigo.

Pero también hay ingredientes que llevo años utilizando sin saber por qué.

Me brota una pregunta pequeña.

¿Y si en realidad no lo necesito?

El libre albedrío se tiene que parecer un poco a eso. ¿No?

A descubrir que también puedo elegir.

Y que elegir no siempre significa olvidar.

A veces es simplemente cambiar una cantidad.

O probar con otro ingrediente.

Quizá no poner algo.

Experimentar con algo que nunca me había atrevido a probar.

O quizás dejar la receta encima de la mesa y cocinar un rato sin mirar.

Sonrío.

Eso último me daba bastante miedo.

Porque cuando no hay receta, todo es posible.

Y entonces aparece la duda.

¿Y si no sale bien?

¿Y si me equivoco?

¿Y si esto que se me ha ocurrido no funciona?

¿Y si los demás tienen razón?

¿Y si debería hacerlo como lo hizo alguien antes?

Creo que algunas veces se puede cocinar así la vida.

Buscando recetas que ya hayan funcionado.

Mirando qué hicieron otros.

Comparando.

Repitiendo.

Intentando encontrar una medida exacta para cosas que quizá nunca tuvieron una medida exacta.

¿Cuánto amor?

¿Cuánto tiempo?

¿Cuánto deseo?

¿Cuánta soledad?

¿Cuánto riesgo?

¿Cuánto de mí misma puedo poner aquí sin que sea demasiado?

-No sé. Sacudo la cabeza.

No creo que exista una respuesta que sirva para todos.

¿Qué hay con lo que todavía queda por funcionar?

Quizá la medida correcta sea el equilibrio que cada uno va encontrando mientras vive.

Porque yo no soy ellos.

Y ellos no son yo.

Mi receta no tiene por qué saber como la suya.

Levanto la mirada-

Puede que quiera más silencio.

Puede que escoja más movimiento.

Puede que sienta quedarme.

Puede que necesite irme.

Puede que a alguien le haga bien algo que a mí me resulta difícil.

Puede que mañana cambie de opinión.

Y quizás también puede pasar que aquello que hoy me parecía imposible mañana me parezca exactamente lo que necesitaba.

La vida tiene esa extraña y puede que dulce costumbre de no quedarse quieta.

Quizá por eso me cuesta sentir que una receta pueda ser fija.

Quizá eso es lo que nos hace repetir lo mismo una y otra vez.

Creer que tenemos que encontrar de una vez por todas una sola fórmula correcta.

Como si hubiera una combinación perfecta de ingredientes y, una vez encontrada, todo fuese a encajar.

Pero yo cada vez creo menos en las recetas terminadas.

A veces me apetece algo más profundo.

Otras un deseo muy dulce.

Quizá algún instante de frescura.

Por eso me gustan más las que se están haciendo.

Sonrío y respiro profundo.

Las recetas que todavía huelen a algo que no sabemos nombrar.

Las que te descubren otros mundos.

Las que, de repente, me hacen pensar:

Espera.

Esto no me lo esperaba.

Y, sin embargo, me encanta.

Me gusta pensar que una receta que sale diferente no tiene por qué ser una receta equivocada.

A veces simplemente estoy creando.

Pruebo una cosa.

Después otra.

Me alejo.

Vuelvo.

Mantengo.

Cambio.

Quizá hasta que un día se siente el equilibrio de cocinar mirando hacia atrás.

Con cocinar desde dentro.

Eso sí que me apasiona.

Ese momento en el que tengo unos ingredientes delante y no necesitas preguntarle a nadie qué hacer con ellos.

Los miro.

Los huelo.

Los toco.

Y algo dentro de mí dice:

Esto.

Después esto.

Ahora esto.

Un poco más.

Ya está.

Y confío.

Una intuición

Reconocer mis propias manos.

Siento que hay una libertad enorme en eso.

En poder escribir una receta que todavía no existe.

En saber que las anteriores pueden haber sido importantes y, aun así, no tienen por qué decidir las siguientes.

En descubrir que quiero en la receta.

Que puedo crear otra.

Que se puede probar lo que se desea.

Que quizá no haya una sola vida posible, sino muchas.

Y que algunas todavía ni siquiera se nos han ocurrido.

Ahora mismo, si tuviera que decir qué ingrediente estoy poniendo yo en mi propia cazuela, creo que sería bastante sencillo.

A mí misma.

No siempre lo hice.

Durante mucho tiempo también intenté entender qué receta se suponía que debía seguir.

Qué era correcto.

Qué funcionaría.

Qué podía compartir.

Qué debía guardar.

Qué podía querer.

Qué era demasiado.

Qué era poco.

Pero algo cambió cuando empecé a hacerme espacio a mí.

Cuando dejé de cocinar para demostrar que sé hacerlo.

Cuando dejé de buscar que todo tenga sentido antes de empezar.

Cuando descubrí que no necesitaba saber el final para empezar.

Así que aquí estoy.

Con la receta a mi manera.

Con algunas cosas prestadas.

Con otras creadas.

Con muchas que todavía quedan por descubrir.

Y con ganas de mirar qué ocurre si esta vez no intento cocinar como nadie más.

Sonrío, simplemente me siento en casa.

Quizá mañana cambie algo.

Quizá descubra un ingrediente nuevo.

Quizá vuelva a una receta antigua y descubra que ahora me sabe diferente.

Quizá invente algo.

Quién sabe.

Y no pasa nada.

La receta sigue en blanco en algunos lugares.

Y me encanta.

Porque siento que todavía puedo escribir.

Todavía puedo probar.

Todavía puedo elegir.

Todavía puedo crear.

Sin juzgar.

Sin intentar arreglarla.

Solo mirar.

Y preguntarte, con un poco de curiosidad:

¿Qué me apetece?

Con sabor a cardamomo y canela,
Meryfu enciende la candela.
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María se siente, se abraza.

Hay días en los que una casa también necesita que la habiten

Publicada el 8 septiembre, 20268 septiembre, 2026 por Meryfu

Estoy sentada en el suelo.

No sé muy bien cómo he acabado aquí. Supongo que a veces una se sienta donde puede y, cuando se da cuenta, lleva un rato mirando una habitación como si nunca hubiera estado dentro de ella.

Hay una ventana abierta.

Entra un poco de aire y mueve apenas la cortina.

La casa está tranquila.

Y, sin embargo, tengo la sensación de que hay demasiadas cosas aquí.

No demasiadas cosas de esas que se pueden recoger en una caja.

No.

Me refiero a las otras.

A las que no sabes muy bien dónde poner.

Me quedo mirando una estantería y pienso que quizá las casas se parecen bastante a nosotros.

No por las paredes, ni por las ventanas, ni porque necesiten que alguien vuelva a encender la luz cuando cae la tarde.

Se parecen porque también pueden llenarse sin que nos demos cuenta.

Una casa puede ir acumulando objetos durante años.

Una taza que alguien dejó.

Un libro que compraste porque pensabas que algún día lo leerías.

Una fotografía que ya no recuerdas por qué conservas.

Una llave de una puerta que probablemente ya no existe.

Y un día miras alrededor y piensas:

¿De quién es todo esto?

Me hace gracia pensar que quizá con nosotros ocurre algo parecido.

Vamos viviendo.

Eso hacemos.

Vivimos.

Y mientras vivimos dejamos entrar cosas.

Una conversación.

Una persona.

Una frase.

Una costumbre.

Un miedo.

Una ilusión.

Una manera de entender el amor.

Una forma de hablar de nosotros mismos.

Una idea que escuchamos tantas veces que un día ya no sabemos si la pensamos nosotros o si simplemente aprendimos a repetirla.

Y todo eso va entrando.

A veces lo invitamos.

A veces dejamos la puerta abierta.

A veces alguien entra con una llave que ni siquiera sabíamos que tenía.

Y otras veces somos nosotros quienes abrimos.

Porque queremos.

Porque tenemos curiosidad.

Porque algo nos llama.

Porque creemos que detrás de esa puerta puede haber algo que todavía no conocemos.

Y me gusta pensar que no todo lo que entra tiene que quedarse para siempre.

Eso me parece una de las cosas más bonitas de estar vivos.

Que nada tiene por qué quedarse exactamente donde estaba.

Una tristeza puede cambiar.

Una alegría también.

Una persona puede llegar a tu vida para quedarse, para irse o para convertirse en algo completamente distinto de lo que imaginabas.

Una herida puede cerrar.

O puede enseñarte una forma nueva de tocar.

Una despedida puede doler durante años y, un día cualquiera, encontrarte agradeciendo que hubiera sucedido.

No porque dejara de doler.

Sino porque la vida encontró otra manera de contártela.

Supongo que por eso no me interesa demasiado saber qué cosas son buenas y cuáles son malas.

Claro que sé cuándo algo duele.

Y sé cuándo algo me hace feliz.

Lo sé perfectamente.

Pero también sé que entre una cosa y la otra caben muchísimas habitaciones.

Muchísimas.

Y algunas ni siquiera sabemos todavía que existen.

Por eso a veces me gusta volver a casa.

No a esta casa.

A mí.

Entrar un rato.

Mirar.

Curiosear.

Sin hacer limpieza.

Sin poner etiquetas.

Sin decidir inmediatamente qué debería quedarse y qué debería marcharse.

Solo mirar.

A ver qué hay.

A ver quién vive aquí ahora.

Porque quizá esa sea una de las cosas más extrañas de nosotros: que podemos pasar años habitándonos sin visitarnos realmente.

Podemos conocer nuestras rutinas, nuestras manías, nuestras respuestas.

Sabemos qué hacemos por la mañana.

Qué compramos.

A quién llamamos.

Qué nos gusta comer.

Qué canciones escuchamos.

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Y, aun así, puede haber habitaciones enteras de nosotros que llevan muchísimo tiempo cerradas.

Yo tengo algunas.

No sé tú.

Hay una parte de mí que todavía me sorprende.

A veces aparece cuando menos lo espero.

Una idea.

Una reacción.

Un deseo.

Una ternura.

Algo que hago y pienso: vaya.

Así que esto también vivía aquí.

Y entonces me entra curiosidad.

No miedo.

Curiosidad.

Quiero saber qué más hay.

Qué otras versiones de mí están esperando.

Qué cosas he dejado entrar sin darme cuenta.

Qué cosas ya no quiero.

Qué cosas creía que no eran para mí y, sin embargo, han terminado encontrando su sitio.

Y también qué cosas todavía no han llegado.

Porque esa es otra posibilidad que me gusta.

Pensar que no estamos llenos.

Que todavía queda espacio.

Que quizá mañana alguien nos diga algo que cambie una habitación entera.

Que quizá encontremos un lugar donde nunca habíamos estado.

Que quizá una experiencia que ahora mismo parece imposible termine siendo precisamente la que necesitábamos para descubrir otra parte de nosotros.

No sé.

Me gusta no saberlo.

Me gusta pensar que todavía pueden pasar cosas.

Que todavía podemos sorprendernos.

Que incluso cuando creemos conocer perfectamente nuestra propia casa, puede aparecer una puerta.

Una pequeña puerta.

En una pared que juraríamos que ayer no estaba ahí.

Y quizá no haga falta abrirla.

Quizá baste con saber que existe.

Me levanto del suelo.

La cortina sigue moviéndose.

Fuera hace el mismo día que hacía antes de que yo empezara a pensar en todo esto.

Nada ha cambiado demasiado.

Y, sin embargo, miro la habitación de otra manera.

Pienso que quizá habitarse no consiste en tenerlo todo claro.

Quizá consiste en volver de vez en cuando.

Mirar alrededor.

Reconocer algunas cosas.

Desconocer otras.

Dejar un poco de espacio.

Abrir una ventana.

Y tener la suficiente curiosidad como para preguntarse qué podría entrar por ella.

Porque no sé qué hay dentro de ti.

Ni tú sabes del todo qué hay dentro de mí.

Y quizá eso esté bien.

Quizá sea precisamente ahí donde empieza todo.

En ese pequeño espacio que todavía no conocemos.

En esa habitación que aún no hemos abierto.

En todo aquello que todavía puede ser.

Y si algún día te sientas en el suelo de tu propia casa y tienes la sensación de que algo ha cambiado, aunque no sepas decir qué, quédate un momento.

No hace falta arreglar nada.

Mira.

A lo mejor acabas de descubrir que alguien nuevo ha llegado.

A lo mejor eres tú.

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Cocina navideña rústica y acogedora de mi abuela.

El olor que sabe volver

Publicada el 8 septiembre, 20268 septiembre, 2026 por Meryfu

Hay olores que reconoces.

Y hay otros que, en cuanto aparecen, no tienes tiempo ni siquiera de preguntarte de dónde vienen.

Ya estás allí.

A mí me pasa con el cocido.

Con ese olor profundo que tiene el caldo cuando lleva horas haciéndose.

Con el chorizo.

Con las pelotas.

Con ese aroma que, en cuanto llega hasta mí, me lleva directamente a una cocina pequeñita que ya no existe exactamente como la recuerdo.

La cocina de mi abuela.

No es solamente ella lo que recuerdo.

Es el instante entero.

Entro.

Y vuelvo a verla como era entonces.

La mesita.

El balcón pequeñito lleno de flores.

La cocina, tan pequeña que apenas cabíamos dos personas si queríamos movernos.

Y aquella olla enorme.

De sesenta, quizá setenta litros.

Porque mi abuela hacía cocido el día de Navidad como si tuviera que alimentar a un pueblo entero.

Y, probablemente, durante unos días lo alimentábamos.

Toda la familia terminaba comiendo aquel cocido.

Una y otra vez.

Y a nadie parecía importarle.

Porque había algo en él que era mucho más que comida.

Mi abuela nunca se consideró una gran cocinera.

Pero tenía sus platos.

Esos que, aunque los hiciera una y otra vez, seguían siendo solamente suyos.

Su cocido con pelotas.

Su pasta gratinada al horno.

Sus asados.

Sus ensaladas.

Esas recetas que no necesitan estar escritas en ningún sitio para pertenecer a alguien.

Porque terminan llevando su nombre aunque nadie lo diga.

Ella tenía, además, un picadillo especial para las pelotas.

Lo hacía ella.

Y yo todavía puedo recordar aquel olor.

No tengo que esforzarme.

No necesito cerrar los ojos.

A veces basta con que alguien esté haciendo un cocido cerca.

Y de repente estoy otra vez entrando por aquella puerta.

Y mi abuela me está mirando.

Y me dice:

—Fuensantica, ¿cómo estás?

Con esa frase.

Con esas palabras exactas.

Como tantas otras veces.

Y yo entrando en la cocina para preguntarle si necesitaba algo porque acababa de llegar a su casa.

Es extraño cómo funcionamos.

Puedes olvidar una fecha.

Puedes no acordarte de qué año era.

Puedes incluso olvidar detalles que en su momento parecían importantes.

Pero un olor puede aparecer un día cualquiera y devolverte una habitación entera.

Una mesa.

Un balcón lleno de flores.

Una voz.

Una persona.

Un momento de tu vida que creías guardado en algún lugar muy profundo.

Y entonces entiendes que quizá los recuerdos no viven solamente en nuestra cabeza.

También viven en los sentidos.

En los olores.

En los sabores.

En las canciones.

En la textura de ciertas cosas.

En la luz que entra por una ventana.

En esas pequeñas puertas que dejamos abiertas sin darnos cuenta.

A mí me gusta pensar que algunos recuerdos esperan.

No están desaparecidos.

Simplemente están tranquilos.

Hasta que algo los llama.

Y cuando vuelven, no lo hacen como una fotografía.

Vuelven con movimiento.

Con temperatura.

Con sonido.

Con una voz que te pregunta cómo estás.

Por eso, cuando vuelvo a oler aquel cocido, no siento simplemente nostalgia.

Siento que durante un instante puedo volver.

Y quizá eso sea uno de los regalos más bonitos que nos deja haber amado a alguien.

Que incluso cuando esa persona ya no está, hay cosas que todavía saben encontrar el camino hasta nosotros.

Un olor.

Una receta.

Una frase.

Una forma de colocar las cosas.

Una manera de decir nuestro nombre.

Y entonces comprendes algo que durante mucho tiempo no sabía explicar:

que las personas que amamos no desaparecen del todo de nuestra vida cuando dejan de estar físicamente en ella.

A veces simplemente cambian de lugar.

Se quedan en nuestras manos cuando repetimos una receta.

En nuestra boca cuando pronunciamos una palabra que aprendimos de ellas.

En nuestra forma de cuidar.

En las historias que contamos.

En los sabores que reconocemos.

Y, de vez en cuando, en el olor de un cocido.

Entonces vuelven.

No exactamente ellas.

No exactamente aquel día.

Pero sí algo que se parece muchísimo.

Un instante.

Y yo creo que eso también es una forma de compañía.

Una de las más silenciosas.

Una que no pide nada.

No necesita que la busques.

Simplemente aparece.

Y por un momento vuelves a estar allí.

En aquella cocina pequeña.

Con aquel balcón lleno de flores.

Con una olla demasiado grande para cualquier cocina normal.

Con el olor del chorizo y las pelotas llenándolo todo.

Y mi abuela mirándome como si acabara de entrar hace un segundo.

—Fuensantica, ¿cómo estás?

Y yo, por un instante,

estoy otra vez en casa.

Con sabor a cardamomo y canela,
Meryfu enciende la candela.
🕯️


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Paella dulce de mandarina de Nules creada para un concurso de pastelería

Cuando dejas de buscar la respuesta correcta

Publicada el 31 agosto, 20268 septiembre, 2026 por Meryfu

Creo que algunas de las mejores cosas que me han pasado comenzaron cuando dejé de intentar encontrar la respuesta correcta.

No porque dejara de importarme hacer las cosas bien.

Sino porque, durante un instante, dejé de preguntarme qué esperaba el mundo de mí.

Y empecé a escuchar qué quería hacer yo.

Me acuerdo de una de esas veces especialmente.

Estaba estudiando pastelería cuando mi profesor nos contó que podíamos presentar una propuesta para un concurso nacional que se celebraría en Nules, alrededor de un ingrediente muy concreto: la mandarina Clemenules.

A mí aquello me pareció una invitación preciosa para jugar.

Mi primera idea era una pequeña isla.

Un bizcocho de mandarina potente, una especie de arena hecha con crumble de canela, una salsa de chocolate blanco y agua de Valencia y, encima, una palmera de chocolate.

También imaginaba un helado de coco que pareciera un coco de verdad y otro de agua de Valencia colocado como si fuera una hamaca.

Un pequeño paisaje comestible.

Un lugar al que volver.

Yo estaba encantada con la idea.

Mi profesor, en cambio, la miró.

Y se rio.

—¿Qué has tomado para pensar que alguien querría comerse una salsa azul?

Y yo me quedé mirándolo.

No me enfadé.

Tampoco pensé que mi idea fuera necesariamente mejor que la suya.

Simplemente pensé:

Vale. Esto no le gusta.

Y seguí pensando.

Ese fue quizá el verdadero comienzo de la historia.

Porque durante días intenté encontrar algo que pudiera gustarle a él sin dejar de gustarme a mí.

Y aquello era bastante más difícil de lo que parecía.

Yo podía adaptarme.

Podía escuchar.

Podía cambiar cosas.

Pero no quería hacer un postre que no sintiera mío solo porque fuera más fácil de aprobar.

Hasta llegué a pensar que quizá no iría al concurso.

Y entonces apareció.

No sé muy bien de dónde salió.

Estaba en casa hablando con Inma, mi compañera de piso y además mi compañera de clase.

Recuerdo que llevaba unos días con bastantes granitos.

La estaba mirando mientras hablábamos.

Y, de repente, me vino una imagen.

Una paella.

Así, sin más.

—Una paella.

Ella me miró como si no hubiera entendido nada.

—¿Qué?

—Una paella dulce para el concurso.

Y cuanto más lo decía, más sentido me hacía.

No porque tuviera sentido.

Precisamente porque no lo tenía.

Una paella dulce.

Una paella que no era una paella.

Una forma conocida para contar algo completamente diferente.

Mi compañera empezó a verlo también.

Le parecía surrealista.

Y creo que justamente por eso nos gustó.

Al día siguiente llevé la idea a mi profesor.

Y pasó algo maravilloso.

Le encantó.

No solo le gustó.

Se puso conmigo a trabajarla.

A pensar en los detalles.

En la historia.

En cómo construir el plato.

En cómo conseguir que aquello que yo había visto en mi cabeza pudiera convertirse en algo real.

Y así nació aquella paella.

Una paella que no quería engañar a nadie.

Quería jugar con la mirada.

Con la memoria.

Con esa pequeña sorpresa que aparece cuando ves algo conocido y, de repente, descubres que no es exactamente lo que pensabas.

Quería hacer sentir.

Preparamos el plato.

Hicimos la fotografía.

Escribimos la receta.

Y la enviamos.

Después llegó una noticia que todavía recuerdo con esa mezcla de incredulidad y felicidad que tienen algunas cosas cuando suceden de verdad.

Había sido seleccionada.

Era finalista.

Tenía que ir a Nules.

Yo no me lo podía creer.

Me pasé varios días preparando las elaboraciones.

Preparando las raciones.

Organizándolo todo para poder llevarlo hasta allí.

Y acabamos viajando cómo una pequeña expedición familiar.

Mi madre.

Teo, su pareja.

Mi abuela.

Inma, mi amiga.

Todos alrededor de una paella dulce.

Y eso, incluso antes de saber qué iba a pasar en el concurso, ya me parecía un regalo.

Recuerdo también que algunas personas me decían que tuviera suerte y, casi inmediatamente después, añadían:

Pero si no ganas, no pasa nada.

Lo decían con cariño.

Querían protegerme de una posible decepción.

Pero yo no quería ir pensando en la posibilidad de perder.

Quería ir.

Quería conocer a aquella gente.

Quería ver qué habían creado los demás.

Quería estar allí.

Y cuando llegué, ocurrió exactamente eso.

Me encontré rodeada de personas que habían puesto algo de sí mismas en lo que tenían delante.

Una chica había creado un árbol de chocolate inspirado en los brotes de los naranjos.

Otro participante había hecho una especie de sushi dulce.

Había árboles, paisajes, formas imposibles y pequeñas historias construidas con chocolate, azúcar y todo aquello que nuestras manos fueran capaces de transformar y crear.

Recuerdo especialmente a uno de los participantes que había creado un árbol con un nivel de detalle increíble.

No ganó.

Y me dio pena.

No él, para mí su postre era una obra de arte comestible.

Porque yo lo miraba y pensaba que aquello era precioso.

Pero también pensé algo que me acompañó durante todo el día:

todos habíamos dejado allí una parte de nosotros.

Y eso ya era algo.

Luego llegó mi turno.

Estaba nerviosa.

Muchísimo.

Tenía que presentar el postre delante de los jueces, montar parte de la elaboración y explicar qué había hecho, cómo lo había pensado y qué quería transmitir.

Hablé con nervios.

Habían cámaras de periódicos y televisión con toda su atención puesta en mí.

Pero hablé.

Y cuando terminé, me fui.

Más rápida que el viento.

Dejé allí mi postre y todas las cosas que había preparado.

Y entonces pude respirar.

Estaba con mi familia.

Mi abuela probó uno de los postres.

Mi madre y Teo estaban allí.

Mi amiga también.

La presentadora del concurso y su marido probaron otro.

Y empezaron a decirme que les había encantado.

Hasta me preguntaron si tenía una empresa de catering porque querían que hiciera el postre de su boda.

Yo no la tenía.

Acababa de empezar a estudiar.

Pero me quedé pensando:

Mírame.

Aquello que había empezado con una idea que parecía absurda estaba allí delante de mí.

Abriendo nuevos mundos.

Y después llegó el momento de anunciar los premios.

Segundo puesto.

Yo.

No me lo podía creer.

Y hubo algo todavía más curioso.

Tres de los seis jueces se acercaron después a felicitarme y me dijeron que mi plato había sido el que más les había impresionado, que tenía un equilibrio de sabor extraordinario y que, para ellos, había sido el mejor.

Durante un segundo pensé:

Entonces, ¿por qué segundo?

Pero aquella pregunta no consiguió quitarme la alegría.

Porque yo no había ido allí para demostrar que era mejor que nadie.

Quería mostrarles lo que llevaba dentro.

Había ido para hacer algo que sintiera mío.

Para expresarme.

Para probar.

Para ver qué pasaba si confiaba en una idea que, al principio, podía parecer una locura pero era realmente mía.

Y había pasado algo precioso.

Había llegado a una final nacional.

Había conocido a personas maravillosas.

Había compartido algo que había nacido dentro de mí.

Mi familia había viajado conmigo.

Mi abuela había probado mi creación.

Una pareja que ni siquiera me conocía había querido que formara parte de un día importante en su vida.

Y yo había ganado un segundo premio.

No necesitaba convertir aquello en una historia de casi gané.

No quería.

No era necesario.

Porque habría sido hacer pequeña una experiencia enorme.

Y creo que se hace eso muchas veces.

Miramos algo precioso que nos ha ocurrido y buscamos inmediatamente aquello que podría haber sido mejor.

El primer puesto.

La cifra más alta.

El reconocimiento más grande.

La aprobación de todos.

Como si una experiencia necesitara ser perfecta para poder ser maravillosa.

Yo no quería eso.

Yo quería quedarme con la experiencia.

Con la curiosidad que me llevó hasta allí.

Con la libertad de haber seguido una idea.

Con la sensación de haber estado rodeada de personas que también amaban crear.

Con la paella.

Con las risas.

Con mi familia.

Con mi amiga.

Con aquel segundo puesto que, sinceramente, me hizo tremendamente feliz.

Y sobre todo, con algo que todavía intento recordar cada vez que aparece el miedo a equivocarme:

si hubiera buscado desde el principio la respuesta correcta, probablemente nunca habría hecho una paella dulce.

La curiosidad tiene algo hermoso.

Cuando entras en un lugar con curiosidad, todavía no sabes qué vas a encontrar.

Y eso significa que tampoco has decidido de antemano qué debería ocurrir.

No has cerrado la puerta antes de entrar.

No has puesto un juicio delante de la experiencia.

Simplemente estás ahí.

Mirando.

Probando.

Preguntando.

Jugando.

Y dejando que algo te sorprenda.

Quizá por eso me gusta tanto.

Porque cuando dejamos de intentar controlar cada resultado, aparecen posibilidades que no habíamos previsto.

Y también pueden ser preciosas.

No siempre saldrán bien.

Claro que no.

A veces una idea será realmente mala.

A veces alguien te dirá que no.

A veces tendrás que volver a empezar.

Pero incluso entonces habrás descubierto algo.

Y eso también forma parte del camino.

Por eso, si alguna vez tienes una idea que te parece demasiado rara, demasiado tuya, demasiado diferente…

antes de descartarla porque alguien podría pensar que no tiene sentido, quizá puedas hacerte una pregunta:

¿Y si sí? Tiene sentido para mí.

Yo aquel día no estaba intentando ganar.

Estaba intentando serme fiel.

Y terminé llevándome mucho más de lo que había ido a buscar.

Quizá las mejores sorpresas no aparecen cuando sabemos exactamente dónde vamos.

Quizá aparecen cuando nos permitimos caminar con los ojos un poco más abiertos.

Sin tanto miedo.

Sin tanto juicio.

Sin tanta necesidad de controlar.

Solo con curiosidad.

Porque a veces una idea absurda puede convertirse en una paella.

Una paella puede llevarte a un concurso.

Un concurso puede llevarte a conocer personas que sienten como tú.

Y una pequeña decisión de confiar en ti misma puede terminar recordándote algo que, de vez en cuando, todos necesitamos escuchar:

que todavía hay muchísimo mundo por descubrir cuando dejamos de cerrarnos antes de tiempo.

Con sabor a cardamomo y canela,
Meryfu enciende la candela.
🕯️


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