Universo Umami

"No quiero otra vida para sentirme en casa. Quiero encender la belleza en la que ya está ocurriendo."

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Categoría: 🏔️ Lugares que dejan huella

Turismo, hospitalidad y lugares que consiguen quedarse contigo mucho después de haberlos dejado atrás.

El día que entendí que el hogar podía tener más de una puerta

Publicada el 10 septiembre, 20268 septiembre, 2026 por Meryfu

Durante mucho tiempo creemos que hay cosas que son así.

Porque siempre han sido así.

Porque en nuestra casa se hacían así.

Porque nuestra familia pensaba así.

Porque en nuestro pueblo, en nuestra ciudad o en nuestro país las cosas funcionan de esa manera.

Y cuando creces dentro de una sola forma de mirar el mundo, es bastante fácil confundir lo conocido con lo universal.

A mí me hizo falta vivir en cuatro países para empezar a darme cuenta.

España.

Austria.

Italia.

Bulgaria.

Cuatro lugares.

Cuatro maneras de entender muchas cosas.

Cuatro formas de comer, de celebrar, de trabajar, de relacionarse, de construir una familia, de entender el tiempo, el dinero, la casa, la calle, los vecinos, la comida, el descanso, incluso aquello que significa vivir bien.

Y cuanto más cambiaba de lugar, más me costaba creer que hubiera una única manera correcta de hacer las cosas.

Al principio simplemente observaba las diferencias.

Una costumbre que en un sitio parecía completamente normal y en otro resultaba extraña.

Una forma de cocinar que en un país era casi sagrada y en otro ni siquiera formaba parte de la conversación.

Una manera de entender la familia.

Una manera de trabajar.

Una manera de relacionarse.

Una manera de celebrar.

Una manera de vivir.

Y poco a poco empecé a entender que ninguna de aquellas formas era la forma.

Eran formas.

Y aquello, que parece una diferencia pequeña en una palabra, para mí abrió una puerta enorme.

Porque si existen tantas maneras de vivir fuera de mí, quizá también existan muchas más maneras de vivir dentro de mí.

Quizá no tenía que elegir una sola.

Quizá tampoco tenía que defender constantemente aquello con lo que había crecido.

Podía quererlo.

Podía conservarlo.

Podía sentir que era mío.

Y, al mismo tiempo, descubrir otras cosas.

Recuerdo especialmente haber entendido algo sobre el hogar.

Yo siempre había pensado en el hogar como algo bastante definido.

Tu casa.

Tu familia.

Tu lugar.

Ese sitio al que perteneces.

Y entonces me encontré viviendo lejos.

Y ocurrió algo que al principio me pareció extraño.

Empecé a sentirme en casa en otros lugares.

No porque dejaran de importarme los de antes.

No porque mi hogar de origen desapareciera.

Simplemente había aparecido algo más.

Podía entrar en una casa que no era la mía y sentir calma.

Podía sentarme a una mesa con personas que no compartían mi sangre y sentir familia.

Podía caminar por una ciudad que no era aquella en la que había nacido y reconocer, de alguna manera, algo mío.

Y ahí entendí que quizá el hogar no era solamente un lugar.

También podía ser una sensación.

Una conversación.

Una mesa.

Una persona.

Una rutina.

Una forma de sentirte recibida.

Una parte de ti que, por alguna razón, encuentra dónde descansar.

Y si podía tener más de un hogar, quizá también podía tener más de una versión de mí.

Aquello me cambió.

Porque también empecé a soltar otra idea que había llevado conmigo durante mucho tiempo:

que existe una opinión correcta.

Una manera correcta de hacer las cosas.

Un camino correcto.

Una historia correcta.

Como si en algún lugar del mundo existiera un libro secreto en el que estuvieran escritas todas las respuestas y nosotros solo tuviéramos que encontrarlo.

Pero yo había visto demasiadas formas distintas de vivir.

Había conocido personas convencidas de cosas completamente diferentes.

Y muchas de ellas eran buenas personas.

Personas que querían a sus familias.

Que trabajaban.

Que soñaban.

Que cuidaban.

Que reían.

Que tenían miedo.

Que querían ser felices.

Solo que habían aprendido a hacerlo de otra manera.

Y entonces empecé a comprender algo que me dio una libertad enorme:

que una experiencia puede ser verdadera para alguien sin tener que convertirse en la experiencia de todo el mundo.

Que una persona puede enseñarte cómo vive sin enseñarte cómo tienes que vivir.

Que escuchar a alguien no significa entregarle el volante de tu vida.

Y que quizá una de las cosas más bonitas que podemos hacer con las experiencias de los demás es conocerlas sin convertirlas inmediatamente en instrucciones.

Eso también cambió mi relación conmigo.

Empecé a mirarme más.

No para dejar de escuchar al mundo.

Al contrario.

Para poder escucharlo sin perderme dentro de él.

Porque creo que existe una diferencia enorme entre escuchar y reflejar.

Puedo escucharte.

Puedo entenderte.

Puedo admirar cómo haces las cosas.

Puedo aprender de ti.

Pero no tengo por qué convertir tu experiencia en el mapa de la mía.

Y tú tampoco tienes por qué hacerlo conmigo.

Creo que parte de crecer consiste precisamente en eso.

En aprender a mirar lo que otros han vivido sin pensar automáticamente que nosotros tenemos que vivirlo igual.

En poder decir:

Esto funciona para ti.

Esto me inspira.

Esto me enseña algo.

Pero ahora voy a descubrir qué significa para mí.

Vivir en distintos países me enseñó que las fronteras existen.

Pero también me enseñó que muchas de las fronteras que llevamos dentro son aprendidas.

Y algunas pueden moverse.

Incluso desaparecer.

Incluso convertirse en puertas.

Quizá por eso ahora me cuesta tanto pensar que alguien tenga que elegir una única forma de pertenecer.

Puedes querer un lugar y querer otro.

Puedes sentirte de aquí y también de allí.

Puedes llevar contigo una receta de tu abuela y aprender otra en una cocina al otro lado de Europa.

Puedes echar de menos tu casa mientras construyes otra.

Puedes conservar tus raíces sin impedir que crezcan ramas nuevas.

Y puedes cambiar de opinión sin traicionarte.

De hecho, a veces cambiar de opinión es precisamente una de las formas más honestas de serte fiel.

Porque ya no eres exactamente la persona que pensaba aquello.

Has vivido.

Has visto.

Has sentido.

Has conocido.

Y ahora sabes algo que antes no sabías.

No creo que vivir en cuatro países me haya dado una respuesta sobre cómo hay que vivir.

Creo que me quitó la necesidad de encontrarla.

Y quizá esa haya sido una de las mayores libertades que me ha regalado el mundo.

Entender que no hay una única puerta para llegar a casa.

Hay muchas.

Y algunas todavía no sé dónde están.

Pero ya no necesito tenerlas todas localizadas.

Me basta con seguir caminando.

Con curiosidad.

Con los ojos abiertos.

Y con la libertad de descubrir, cada vez que llego a un lugar nuevo, que quizá también puedo sentirme un poquito en casa allí.

La receta que nadie escribió

Publicada el 9 septiembre, 20269 septiembre, 2026 por Meryfu

Estoy en la cocina y todavía no sé qué voy a hacer.

Hay algunas cosas sobre la encimera. Unas cuantas más dentro de la nevera.

Abro cajones, miro, vuelvo a cerrar. Miro la despensa.

Siento que hay ingredientes que sé que quiero utilizar y otros que todavía no sé si me apetecen.

Y pienso, quizá la vida se parece bastante a esto.

No sé quién escribió la primera receta.

Quizá una madre.

Quizá una familia entera.

Quizá el lugar donde nacimos, el país, la época, las personas que nos rodearon, aquello que creímos, aquello que dejamos de creer, alguna experiencia que nos cambió para siempre.

Quizá empezamos a cocinar mucho antes de saber que estábamos cocinando.

Siento que se van poniendo ingredientes sobre la mesa.

Amor.

Curiosidad.

Misterio.

Soltar.

Deseo.

Risas.

Soledad.

Pan.

Placer.

Viajes.

Intentos.

Descubrimientos.

Valor.

Creación.

Y también miedo, si lo hay.

Quizás dolor.

Tal vez pérdidas.

Cosas que elegimos.

Y otras que quizá, alguien elige por nosotros.

Una sensación me recorre el cuerpo.

Durante mucho tiempo quizá ni siquiera me pregunté qué estaba haciendo con todo aquello.

Simplemente seguí cocinando.

-Hay recetas que aprendí mirando. Me digo en voz alta.

Como en casa, hay una que no está escrita en ninguna parte y, sin embargo, todos sabemos que existe.

El estofado de ternera lleva chocolate.

Puede llevar tinto o no.

Las verduras pueden variar.

Las cantidades también.

Cada uno puede hacerlo un poco diferente, con su toque.

Pero el chocolate entra, le da profundidad.

No hace falta escribirlo.

Está ahí porque una mujer lo puso alguna vez y, después, alguien más siguió poniéndolo.

Me está gustando pensar que con ese simple gesto, sentimos una conexión.

Hay ingredientes que recibí sin preguntar.

Una forma de querer.

Una manera de hablar.

Una manera de entender el éxito.

Una determinada idea sobre lo que significa ser una buena persona.

Una forma de relacionarnos.

Una creencia.

Una costumbre.

Un miedo.

Una esperanza.

Incluso una manera de imaginar quién podemos llegar a ser.

He curioseado con algunas de esas cosas.

Con otras no.

Quizá tardé un poco en darme cuenta de que puedo mirar la receta y preguntar…

¿Esto lo quiero yo? ¿Es lo que siento realmente?

No para rechazar todo lo que vino antes.

Ni juzgar sus miradas.

– No creo que se trate de eso. Se cuela entre mis labios.

Hay cosas que heredé y que, después de mirarlas bien, elijo conservar.

Porque me gustan.

Porque me reconozco en ellas.

Porque forman parte de instantes importantes y quiero que sigan viviendo conmigo.

Pero también hay ingredientes que llevo años utilizando sin saber por qué.

Me brota una pregunta pequeña.

¿Y si en realidad no lo necesito?

El libre albedrío se tiene que parecer un poco a eso. ¿No?

A descubrir que también puedo elegir.

Y que elegir no siempre significa olvidar.

A veces es simplemente cambiar una cantidad.

O probar con otro ingrediente.

Quizá no poner algo.

Experimentar con algo que nunca me había atrevido a probar.

O quizás dejar la receta encima de la mesa y cocinar un rato sin mirar.

Sonrío.

Eso último me daba bastante miedo.

Porque cuando no hay receta, todo es posible.

Y entonces aparece la duda.

¿Y si no sale bien?

¿Y si me equivoco?

¿Y si esto que se me ha ocurrido no funciona?

¿Y si los demás tienen razón?

¿Y si debería hacerlo como lo hizo alguien antes?

Creo que algunas veces se puede cocinar así la vida.

Buscando recetas que ya hayan funcionado.

Mirando qué hicieron otros.

Comparando.

Repitiendo.

Intentando encontrar una medida exacta para cosas que quizá nunca tuvieron una medida exacta.

¿Cuánto amor?

¿Cuánto tiempo?

¿Cuánto deseo?

¿Cuánta soledad?

¿Cuánto riesgo?

¿Cuánto de mí misma puedo poner aquí sin que sea demasiado?

-No sé. Sacudo la cabeza.

No creo que exista una respuesta que sirva para todos.

¿Qué hay con lo que todavía queda por funcionar?

Quizá la medida correcta sea el equilibrio que cada uno va encontrando mientras vive.

Porque yo no soy ellos.

Y ellos no son yo.

Mi receta no tiene por qué saber como la suya.

Levanto la mirada-

Puede que quiera más silencio.

Puede que escoja más movimiento.

Puede que sienta quedarme.

Puede que necesite irme.

Puede que a alguien le haga bien algo que a mí me resulta difícil.

Puede que mañana cambie de opinión.

Y quizás también puede pasar que aquello que hoy me parecía imposible mañana me parezca exactamente lo que necesitaba.

La vida tiene esa extraña y puede que dulce costumbre de no quedarse quieta.

Quizá por eso me cuesta sentir que una receta pueda ser fija.

Quizá eso es lo que nos hace repetir lo mismo una y otra vez.

Creer que tenemos que encontrar de una vez por todas una sola fórmula correcta.

Como si hubiera una combinación perfecta de ingredientes y, una vez encontrada, todo fuese a encajar.

Pero yo cada vez creo menos en las recetas terminadas.

A veces me apetece algo más profundo.

Otras un deseo muy dulce.

Quizá algún instante de frescura.

Por eso me gustan más las que se están haciendo.

Sonrío y respiro profundo.

Las recetas que todavía huelen a algo que no sabemos nombrar.

Las que te descubren otros mundos.

Las que, de repente, me hacen pensar:

Espera.

Esto no me lo esperaba.

Y, sin embargo, me encanta.

Me gusta pensar que una receta que sale diferente no tiene por qué ser una receta equivocada.

A veces simplemente estoy creando.

Pruebo una cosa.

Después otra.

Me alejo.

Vuelvo.

Mantengo.

Cambio.

Quizá hasta que un día se siente el equilibrio de cocinar mirando hacia atrás.

Con cocinar desde dentro.

Eso sí que me apasiona.

Ese momento en el que tengo unos ingredientes delante y no necesitas preguntarle a nadie qué hacer con ellos.

Los miro.

Los huelo.

Los toco.

Y algo dentro de mí dice:

Esto.

Después esto.

Ahora esto.

Un poco más.

Ya está.

Y confío.

Una intuición

Reconocer mis propias manos.

Siento que hay una libertad enorme en eso.

En poder escribir una receta que todavía no existe.

En saber que las anteriores pueden haber sido importantes y, aun así, no tienen por qué decidir las siguientes.

En descubrir que quiero en la receta.

Que puedo crear otra.

Que se puede probar lo que se desea.

Que quizá no haya una sola vida posible, sino muchas.

Y que algunas todavía ni siquiera se nos han ocurrido.

Ahora mismo, si tuviera que decir qué ingrediente estoy poniendo yo en mi propia cazuela, creo que sería bastante sencillo.

A mí misma.

No siempre lo hice.

Durante mucho tiempo también intenté entender qué receta se suponía que debía seguir.

Qué era correcto.

Qué funcionaría.

Qué podía compartir.

Qué debía guardar.

Qué podía querer.

Qué era demasiado.

Qué era poco.

Pero algo cambió cuando empecé a hacerme espacio a mí.

Cuando dejé de cocinar para demostrar que sé hacerlo.

Cuando dejé de buscar que todo tenga sentido antes de empezar.

Cuando descubrí que no necesitaba saber el final para empezar.

Así que aquí estoy.

Con la receta a mi manera.

Con algunas cosas prestadas.

Con otras creadas.

Con muchas que todavía quedan por descubrir.

Y con ganas de mirar qué ocurre si esta vez no intento cocinar como nadie más.

Sonrío, simplemente me siento en casa.

Quizá mañana cambie algo.

Quizá descubra un ingrediente nuevo.

Quizá vuelva a una receta antigua y descubra que ahora me sabe diferente.

Quizá invente algo.

Quién sabe.

Y no pasa nada.

La receta sigue en blanco en algunos lugares.

Y me encanta.

Porque siento que todavía puedo escribir.

Todavía puedo probar.

Todavía puedo elegir.

Todavía puedo crear.

Sin juzgar.

Sin intentar arreglarla.

Solo mirar.

Y preguntarte, con un poco de curiosidad:

¿Qué me apetece?

Con sabor a cardamomo y canela,
Meryfu enciende la candela.
🕯️


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Cocina navideña rústica y acogedora de mi abuela.

El olor que sabe volver

Publicada el 8 septiembre, 20268 septiembre, 2026 por Meryfu

Hay olores que reconoces.

Y hay otros que, en cuanto aparecen, no tienes tiempo ni siquiera de preguntarte de dónde vienen.

Ya estás allí.

A mí me pasa con el cocido.

Con ese olor profundo que tiene el caldo cuando lleva horas haciéndose.

Con el chorizo.

Con las pelotas.

Con ese aroma que, en cuanto llega hasta mí, me lleva directamente a una cocina pequeñita que ya no existe exactamente como la recuerdo.

La cocina de mi abuela.

No es solamente ella lo que recuerdo.

Es el instante entero.

Entro.

Y vuelvo a verla como era entonces.

La mesita.

El balcón pequeñito lleno de flores.

La cocina, tan pequeña que apenas cabíamos dos personas si queríamos movernos.

Y aquella olla enorme.

De sesenta, quizá setenta litros.

Porque mi abuela hacía cocido el día de Navidad como si tuviera que alimentar a un pueblo entero.

Y, probablemente, durante unos días lo alimentábamos.

Toda la familia terminaba comiendo aquel cocido.

Una y otra vez.

Y a nadie parecía importarle.

Porque había algo en él que era mucho más que comida.

Mi abuela nunca se consideró una gran cocinera.

Pero tenía sus platos.

Esos que, aunque los hiciera una y otra vez, seguían siendo solamente suyos.

Su cocido con pelotas.

Su pasta gratinada al horno.

Sus asados.

Sus ensaladas.

Esas recetas que no necesitan estar escritas en ningún sitio para pertenecer a alguien.

Porque terminan llevando su nombre aunque nadie lo diga.

Ella tenía, además, un picadillo especial para las pelotas.

Lo hacía ella.

Y yo todavía puedo recordar aquel olor.

No tengo que esforzarme.

No necesito cerrar los ojos.

A veces basta con que alguien esté haciendo un cocido cerca.

Y de repente estoy otra vez entrando por aquella puerta.

Y mi abuela me está mirando.

Y me dice:

—Fuensantica, ¿cómo estás?

Con esa frase.

Con esas palabras exactas.

Como tantas otras veces.

Y yo entrando en la cocina para preguntarle si necesitaba algo porque acababa de llegar a su casa.

Es extraño cómo funcionamos.

Puedes olvidar una fecha.

Puedes no acordarte de qué año era.

Puedes incluso olvidar detalles que en su momento parecían importantes.

Pero un olor puede aparecer un día cualquiera y devolverte una habitación entera.

Una mesa.

Un balcón lleno de flores.

Una voz.

Una persona.

Un momento de tu vida que creías guardado en algún lugar muy profundo.

Y entonces entiendes que quizá los recuerdos no viven solamente en nuestra cabeza.

También viven en los sentidos.

En los olores.

En los sabores.

En las canciones.

En la textura de ciertas cosas.

En la luz que entra por una ventana.

En esas pequeñas puertas que dejamos abiertas sin darnos cuenta.

A mí me gusta pensar que algunos recuerdos esperan.

No están desaparecidos.

Simplemente están tranquilos.

Hasta que algo los llama.

Y cuando vuelven, no lo hacen como una fotografía.

Vuelven con movimiento.

Con temperatura.

Con sonido.

Con una voz que te pregunta cómo estás.

Por eso, cuando vuelvo a oler aquel cocido, no siento simplemente nostalgia.

Siento que durante un instante puedo volver.

Y quizá eso sea uno de los regalos más bonitos que nos deja haber amado a alguien.

Que incluso cuando esa persona ya no está, hay cosas que todavía saben encontrar el camino hasta nosotros.

Un olor.

Una receta.

Una frase.

Una forma de colocar las cosas.

Una manera de decir nuestro nombre.

Y entonces comprendes algo que durante mucho tiempo no sabía explicar:

que las personas que amamos no desaparecen del todo de nuestra vida cuando dejan de estar físicamente en ella.

A veces simplemente cambian de lugar.

Se quedan en nuestras manos cuando repetimos una receta.

En nuestra boca cuando pronunciamos una palabra que aprendimos de ellas.

En nuestra forma de cuidar.

En las historias que contamos.

En los sabores que reconocemos.

Y, de vez en cuando, en el olor de un cocido.

Entonces vuelven.

No exactamente ellas.

No exactamente aquel día.

Pero sí algo que se parece muchísimo.

Un instante.

Y yo creo que eso también es una forma de compañía.

Una de las más silenciosas.

Una que no pide nada.

No necesita que la busques.

Simplemente aparece.

Y por un momento vuelves a estar allí.

En aquella cocina pequeña.

Con aquel balcón lleno de flores.

Con una olla demasiado grande para cualquier cocina normal.

Con el olor del chorizo y las pelotas llenándolo todo.

Y mi abuela mirándome como si acabara de entrar hace un segundo.

—Fuensantica, ¿cómo estás?

Y yo, por un instante,

estoy otra vez en casa.

Con sabor a cardamomo y canela,
Meryfu enciende la candela.
🕯️


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