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Etiqueta: curiosidad

Paella dulce de mandarina de Nules creada para un concurso de pastelería

Cuando dejas de buscar la respuesta correcta

Publicada el 31 agosto, 202631 agosto, 2026 por Meryfu

Creo que algunas de las mejores cosas que me han pasado comenzaron cuando dejé de intentar encontrar la respuesta correcta.

No porque dejara de importarme hacer las cosas bien.

Sino porque, durante un instante, dejé de preguntarme qué esperaba el mundo de mí.

Y empecé a escuchar qué quería hacer yo.

Me acuerdo de una de esas veces especialmente.

Estaba estudiando pastelería cuando mi profesor nos contó que podíamos presentar una propuesta para un concurso nacional que se celebraría en Nules, alrededor de un ingrediente muy concreto: la mandarina Clemenules.

A mí aquello me pareció una invitación preciosa para jugar.

Mi primera idea era una pequeña isla.

Un bizcocho de mandarina potente, una especie de arena hecha con crumble de canela, una salsa de chocolate blanco y agua de Valencia y, encima, una palmera de chocolate.

También imaginaba un helado de coco que pareciera un coco de verdad y otro de agua de Valencia colocado como si fuera una hamaca.

Un pequeño paisaje comestible.

Un lugar al que volver.

Yo estaba encantada con la idea.

Mi profesor, en cambio, la miró.

Y se rio.

—¿Qué has tomado para pensar que alguien querría comerse una salsa azul?

Y yo me quedé mirándolo.

No me enfadé.

Tampoco pensé que mi idea fuera necesariamente mejor que la suya.

Simplemente pensé:

Vale. Esto no le gusta.

Y seguí pensando.

Ese fue quizá el verdadero comienzo de la historia.

Porque durante días intenté encontrar algo que pudiera gustarle a él sin dejar de gustarme a mí.

Y aquello era bastante más difícil de lo que parecía.

Yo podía adaptarme.

Podía escuchar.

Podía cambiar cosas.

Pero no quería hacer un postre que no sintiera mío solo porque fuera más fácil de aprobar.

Hasta llegué a pensar que quizá no iría al concurso.

Y entonces apareció.

No sé muy bien de dónde salió.

Estaba en casa hablando con Inma, mi compañera de piso y además mi compañera de clase.

Recuerdo que llevaba unos días con bastantes granitos.

La estaba mirando mientras hablábamos.

Y, de repente, me vino una imagen.

Una paella.

Así, sin más.

—Una paella.

Ella me miró como si no hubiera entendido nada.

—¿Qué?

—Una paella dulce para el concurso.

Y cuanto más lo decía, más sentido me hacía.

No porque tuviera sentido.

Precisamente porque no lo tenía.

Una paella dulce.

Una paella que no era una paella.

Una forma conocida para contar algo completamente diferente.

Mi compañera empezó a verlo también.

Le parecía surrealista.

Y creo que justamente por eso nos gustó.

Al día siguiente llevé la idea a mi profesor.

Y pasó algo maravilloso.

Le encantó.

No solo le gustó.

Se puso conmigo a trabajarla.

A pensar en los detalles.

En la historia.

En cómo construir el plato.

En cómo conseguir que aquello que yo había visto en mi cabeza pudiera convertirse en algo real.

Y así nació aquella paella.

Una paella que no quería engañar a nadie.

Quería jugar con la mirada.

Con la memoria.

Con esa pequeña sorpresa que aparece cuando ves algo conocido y, de repente, descubres que no es exactamente lo que pensabas.

Quería hacer sentir.

Preparamos el plato.

Hicimos la fotografía.

Escribimos la receta.

Y la enviamos.

Después llegó una noticia que todavía recuerdo con esa mezcla de incredulidad y felicidad que tienen algunas cosas cuando suceden de verdad.

Había sido seleccionada.

Era finalista.

Tenía que ir a Nules.

Yo no me lo podía creer.

Me pasé varios días preparando las elaboraciones.

Preparando las raciones.

Organizándolo todo para poder llevarlo hasta allí.

Y acabamos viajando cómo una pequeña expedición familiar.

Mi madre.

Teo, su pareja.

Mi abuela.

Inma, mi amiga.

Todos alrededor de una paella dulce.

Y eso, incluso antes de saber qué iba a pasar en el concurso, ya me parecía un regalo.

Recuerdo también que algunas personas me decían que tuviera suerte y, casi inmediatamente después, añadían:

Pero si no ganas, no pasa nada.

Lo decían con cariño.

Querían protegerme de una posible decepción.

Pero yo no quería ir pensando en la posibilidad de perder.

Quería ir.

Quería conocer a aquella gente.

Quería ver qué habían creado los demás.

Quería estar allí.

Y cuando llegué, ocurrió exactamente eso.

Me encontré rodeada de personas que habían puesto algo de sí mismas en lo que tenían delante.

Una chica había creado un árbol de chocolate inspirado en los brotes de los naranjos.

Otro participante había hecho una especie de sushi dulce.

Había árboles, paisajes, formas imposibles y pequeñas historias construidas con chocolate, azúcar y todo aquello que nuestras manos fueran capaces de transformar y crear.

Recuerdo especialmente a uno de los participantes que había creado un árbol con un nivel de detalle increíble.

No ganó.

Y me dio pena.

No él, para mí su postre era una obra de arte comestible.

Porque yo lo miraba y pensaba que aquello era precioso.

Pero también pensé algo que me acompañó durante todo el día:

todos habíamos dejado allí una parte de nosotros.

Y eso ya era algo.

Luego llegó mi turno.

Estaba nerviosa.

Muchísimo.

Tenía que presentar el postre delante de los jueces, montar parte de la elaboración y explicar qué había hecho, cómo lo había pensado y qué quería transmitir.

Hablé con nervios.

Habían cámaras de periódicos y televisión con toda su atención puesta en mí.

Pero hablé.

Y cuando terminé, me fui.

Más rápida que el viento.

Dejé allí mi postre y todas las cosas que había preparado.

Y entonces pude respirar.

Estaba con mi familia.

Mi abuela probó uno de los postres.

Mi madre y Teo estaban allí.

Mi amiga también.

La presentadora del concurso y su marido probaron otro.

Y empezaron a decirme que les había encantado.

Hasta me preguntaron si tenía una empresa de catering porque querían que hiciera el postre de su boda.

Yo no la tenía.

Acababa de empezar a estudiar.

Pero me quedé pensando:

Mírame.

Aquello que había empezado con una idea que parecía absurda estaba allí delante de mí.

Abriendo nuevos mundos.

Y después llegó el momento de anunciar los premios.

Segundo puesto.

Yo.

No me lo podía creer.

Y hubo algo todavía más curioso.

Tres de los seis jueces se acercaron después a felicitarme y me dijeron que mi plato había sido el que más les había impresionado, que tenía un equilibrio de sabor extraordinario y que, para ellos, había sido el mejor.

Durante un segundo pensé:

Entonces, ¿por qué segundo?

Pero aquella pregunta no consiguió quitarme la alegría.

Porque yo no había ido allí para demostrar que era mejor que nadie.

Quería mostrarles lo que llevaba dentro.

Había ido para hacer algo que sintiera mío.

Para expresarme.

Para probar.

Para ver qué pasaba si confiaba en una idea que, al principio, podía parecer una locura pero era realmente mía.

Y había pasado algo precioso.

Había llegado a una final nacional.

Había conocido a personas maravillosas.

Había compartido algo que había nacido dentro de mí.

Mi familia había viajado conmigo.

Mi abuela había probado mi creación.

Una pareja que ni siquiera me conocía había querido que formara parte de un día importante en su vida.

Y yo había ganado un segundo premio.

No necesitaba convertir aquello en una historia de casi gané.

No quería.

No era necesario.

Porque habría sido hacer pequeña una experiencia enorme.

Y creo que se hace eso muchas veces.

Miramos algo precioso que nos ha ocurrido y buscamos inmediatamente aquello que podría haber sido mejor.

El primer puesto.

La cifra más alta.

El reconocimiento más grande.

La aprobación de todos.

Como si una experiencia necesitara ser perfecta para poder ser maravillosa.

Yo no quería eso.

Yo quería quedarme con la experiencia.

Con la curiosidad que me llevó hasta allí.

Con la libertad de haber seguido una idea.

Con la sensación de haber estado rodeada de personas que también amaban crear.

Con la paella.

Con las risas.

Con mi familia.

Con mi amiga.

Con aquel segundo puesto que, sinceramente, me hizo tremendamente feliz.

Y sobre todo, con algo que todavía intento recordar cada vez que aparece el miedo a equivocarme:

si hubiera buscado desde el principio la respuesta correcta, probablemente nunca habría hecho una paella dulce.

La curiosidad tiene algo hermoso.

Cuando entras en un lugar con curiosidad, todavía no sabes qué vas a encontrar.

Y eso significa que tampoco has decidido de antemano qué debería ocurrir.

No has cerrado la puerta antes de entrar.

No has puesto un juicio delante de la experiencia.

Simplemente estás ahí.

Mirando.

Probando.

Preguntando.

Jugando.

Y dejando que algo te sorprenda.

Quizá por eso me gusta tanto.

Porque cuando dejamos de intentar controlar cada resultado, aparecen posibilidades que no habíamos previsto.

Y también pueden ser preciosas.

No siempre saldrán bien.

Claro que no.

A veces una idea será realmente mala.

A veces alguien te dirá que no.

A veces tendrás que volver a empezar.

Pero incluso entonces habrás descubierto algo.

Y eso también forma parte del camino.

Por eso, si alguna vez tienes una idea que te parece demasiado rara, demasiado tuya, demasiado diferente…

antes de descartarla porque alguien podría pensar que no tiene sentido, quizá puedas hacerte una pregunta:

¿Y si sí? Tiene sentido para mí.

Yo aquel día no estaba intentando ganar.

Estaba intentando serme fiel.

Y terminé llevándome mucho más de lo que había ido a buscar.

Quizá las mejores sorpresas no aparecen cuando sabemos exactamente dónde vamos.

Quizá aparecen cuando nos permitimos caminar con los ojos un poco más abiertos.

Sin tanto miedo.

Sin tanto juicio.

Sin tanta necesidad de controlar.

Solo con curiosidad.

Porque a veces una idea absurda puede convertirse en una paella.

Una paella puede llevarte a un concurso.

Un concurso puede llevarte a conocer personas que sienten como tú.

Y una pequeña decisión de confiar en ti misma puede terminar recordándote algo que, de vez en cuando, todos necesitamos escuchar:

que todavía hay muchísimo mundo por descubrir cuando dejamos de cerrarnos antes de tiempo.

Con sabor a cardamomo y canela,
Meryfu enciende la candela.
🕯️

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