Hay olores que reconoces.
Y hay otros que, en cuanto aparecen, no tienes tiempo ni siquiera de preguntarte de dónde vienen.
Ya estás allí.
A mí me pasa con el cocido.
Con ese olor profundo que tiene el caldo cuando lleva horas haciéndose.
Con el chorizo.
Con las pelotas.
Con ese aroma que, en cuanto llega hasta mí, me lleva directamente a una cocina pequeñita que ya no existe exactamente como la recuerdo.
La cocina de mi abuela.
No es solamente ella lo que recuerdo.
Es el instante entero.
Entro.
Y vuelvo a verla como era entonces.
La mesita.
El balcón pequeñito lleno de flores.
La cocina, tan pequeña que apenas cabíamos dos personas si queríamos movernos.
Y aquella olla enorme.
De sesenta, quizá setenta litros.
Porque mi abuela hacía cocido el día de Navidad como si tuviera que alimentar a un pueblo entero.
Y, probablemente, durante unos días lo alimentábamos.
Toda la familia terminaba comiendo aquel cocido.
Una y otra vez.
Y a nadie parecía importarle.
Porque había algo en él que era mucho más que comida.
Mi abuela nunca se consideró una gran cocinera.
Pero tenía sus platos.
Esos que, aunque los hiciera una y otra vez, seguían siendo solamente suyos.
Su cocido con pelotas.
Su pasta gratinada al horno.
Sus asados.
Sus ensaladas.
Esas recetas que no necesitan estar escritas en ningún sitio para pertenecer a alguien.
Porque terminan llevando su nombre aunque nadie lo diga.
Ella tenía, además, un picadillo especial para las pelotas.
Lo hacía ella.
Y yo todavía puedo recordar aquel olor.
No tengo que esforzarme.
No necesito cerrar los ojos.
A veces basta con que alguien esté haciendo un cocido cerca.
Y de repente estoy otra vez entrando por aquella puerta.
Y mi abuela me está mirando.
Y me dice:
—Fuensantica, ¿cómo estás?
Con esa frase.
Con esas palabras exactas.
Como tantas otras veces.
Y yo entrando en la cocina para preguntarle si necesitaba algo porque acababa de llegar a su casa.
Es extraño cómo funcionamos.
Puedes olvidar una fecha.
Puedes no acordarte de qué año era.
Puedes incluso olvidar detalles que en su momento parecían importantes.
Pero un olor puede aparecer un día cualquiera y devolverte una habitación entera.
Una mesa.
Un balcón lleno de flores.
Una voz.
Una persona.
Un momento de tu vida que creías guardado en algún lugar muy profundo.
Y entonces entiendes que quizá los recuerdos no viven solamente en nuestra cabeza.
También viven en los sentidos.
En los olores.
En los sabores.
En las canciones.
En la textura de ciertas cosas.
En la luz que entra por una ventana.
En esas pequeñas puertas que dejamos abiertas sin darnos cuenta.
A mí me gusta pensar que algunos recuerdos esperan.
No están desaparecidos.
Simplemente están tranquilos.
Hasta que algo los llama.
Y cuando vuelven, no lo hacen como una fotografía.
Vuelven con movimiento.
Con temperatura.
Con sonido.
Con una voz que te pregunta cómo estás.
Por eso, cuando vuelvo a oler aquel cocido, no siento simplemente nostalgia.
Siento que durante un instante puedo volver.
Y quizá eso sea uno de los regalos más bonitos que nos deja haber amado a alguien.
Que incluso cuando esa persona ya no está, hay cosas que todavía saben encontrar el camino hasta nosotros.
Un olor.
Una receta.
Una frase.
Una forma de colocar las cosas.
Una manera de decir nuestro nombre.
Y entonces comprendes algo que durante mucho tiempo no sabía explicar:
que las personas que amamos no desaparecen del todo de nuestra vida cuando dejan de estar físicamente en ella.
A veces simplemente cambian de lugar.
Se quedan en nuestras manos cuando repetimos una receta.
En nuestra boca cuando pronunciamos una palabra que aprendimos de ellas.
En nuestra forma de cuidar.
En las historias que contamos.
En los sabores que reconocemos.
Y, de vez en cuando, en el olor de un cocido.
Entonces vuelven.
No exactamente ellas.
No exactamente aquel día.
Pero sí algo que se parece muchísimo.
Un instante.
Y yo creo que eso también es una forma de compañía.
Una de las más silenciosas.
Una que no pide nada.
No necesita que la busques.
Simplemente aparece.
Y por un momento vuelves a estar allí.
En aquella cocina pequeña.
Con aquel balcón lleno de flores.
Con una olla demasiado grande para cualquier cocina normal.
Con el olor del chorizo y las pelotas llenándolo todo.
Y mi abuela mirándome como si acabara de entrar hace un segundo.
—Fuensantica, ¿cómo estás?
Y yo, por un instante,
estoy otra vez en casa.
Con sabor a cardamomo y canela,
Meryfu enciende la candela.🕯️
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