🌐 Entre mundos

Cuando una historia consigue tocarnos

Hay veces en las que escribimos para recordar.

Otras, para comprender.

Y algunas, sin saber muy bien por qué, hasta que un día volvemos sobre esas palabras y descubrimos que también nos estaban esperando a nosotros.

Me pasó hace un tiempo, sentada en mi lugar de escritura, mientras releía algo que yo misma había escrito.

Era la historia de uno de los momentos más difíciles de mi vida.

El accidente.

El día en que una máquina cayó sobre mi brazo y todo lo que hasta entonces parecía formar parte de mi vida empezó, de repente, a llenarse de preguntas.

Había escrito aquel momento con todo lo que vino después.

El accidente.

Las horas de espera.

Las decisiones que tenían que tomarse.

Las palabras de los médicos.

Las posibilidades que se abrían delante de mí.

Y también aquellas que parecían cerrarse.

Cuando llegué al hospital, ni siquiera sabían todavía si podrían salvar mi brazo.

Yo tenía veinticinco años.

Y recuerdo haber tomado una decisión antes incluso de saber cómo sería capaz de cumplirla.

Le dije al médico que no quería que lo amputaran.

Que intentara reconstruirlo como pudiera.

Que yo haría el resto.

Después llegaron los pronósticos.

Me dijeron que quizá no volvería a mover la mano como antes.

Que tendría que esperar muchísimo tiempo incluso para empezar a mover algunos de los dedos que habían quedado sanos.

Me dijeron que quizá no volvería a trabajar en una cocina.

Que mi vida laboral podría terminar reducida a trabajos de oficina.

Había muchas cosas que, desde fuera, parecían ya escritas.

Pero yo no estaba preparada para vivir una historia que otros hubieran terminado por mí.

Y seguí.

Con miedo, sí.

Con dolor.

Con días mejores y días peores.

Pero seguí.

Hasta que un día ocurrió algo que, para mí, tuvo mucho más significado que cualquier pronóstico.

A los tres meses ya podía mover aquello que me habían dicho que quizá no podría mover hasta pasado un año.

Y seguí haciendo cosas que, en algún momento, alguien había pensado que ya no formarían parte de mi vida.

No cuento esto para demostrar que siempre podemos conseguir exactamente aquello que queremos.

Ni porque crea que todo dolor tiene una explicación sencilla.

Lo cuento porque aquel día, al releer mi propia historia, algo dentro de mí cambió.

Porque yo ya sabía lo que había sucedido.

Había vivido cada uno de aquellos días.

Pero nunca había visto todo el camino delante de mí de aquella manera.

Lo vi escrito.

Vi a aquella chica de veinticinco años tomando una decisión sin saber todavía todo lo que iba a necesitar para sostenerla.

Vi sus dudas.

Vi sus miedos.

Vi su insistencia.

Y vi también a la persona que, tiempo después, estaba allí sentada leyendo todo aquello.

Y lloré.

Pero no lloré por lo que había pasado.

Lloré porque, por primera vez, pude verme desde fuera.

Pude ver todo lo que había atravesado.

Todo lo que había aprendido.

Todo lo que había conseguido.

Y pensé:

De esto fui capaz.

No sé si existe una forma más bonita de encontrarse con una misma.

A veces no lloramos porque una historia sea triste.

Lloramos porque, al volver a leerla, descubrimos todo lo que fuimos capaces de atravesar.

Porque hay lágrimas que no hablan de derrota.

Hablan de alivio.

De orgullo.

De gratitud.

De felicidad.

De esa emoción extraña que aparece cuando comprendes que aquella persona que un día no sabía si podría volver a hacer ciertas cosas… finalmente las está haciendo.

Y quizá por eso escribir tiene algo tan poderoso.

Porque mientras estamos viviendo una historia, muchas veces solo podemos ver el siguiente paso.

No vemos el camino entero.

No sabemos todavía qué va a ocurrir.

No sabemos qué parte de aquello que hoy parece imposible acabará siendo simplemente una parte de nuestra vida.

Pero cuando escribimos, cuando ponemos delante de nosotros aquello que hemos vivido, podemos volver a mirarlo con otra distancia.

Y quizá entonces descubrimos algo que mientras ocurría no podíamos ver:

que también estábamos creciendo.

Que también estábamos cambiando.

Que incluso en los momentos en los que pensábamos que solamente estábamos intentando sobrevivir al día, había algo dentro de nosotros aprendiendo a levantarse.

Por eso creo tanto en las historias.

Porque una historia no termina necesariamente cuando quien la escribe pone el punto final.

A veces empieza ahí.

Cuando otra persona la lee.

Cuando alguien se reconoce en una frase.

Cuando una experiencia ajena consigue poner palabras a algo que todavía no sabía cómo nombrar.

Cuando una puerta que parecía cerrada deja de parecerlo.

Eso es lo que significa para mí que alguien me diga que una historia mía le ha tocado.

No significa solamente que le haya gustado.

Significa que algo de mí ha conseguido llegar hasta algún lugar dentro de esa persona.

Que mi experiencia, mis palabras, mi manera de mirar el mundo o simplemente mi forma de haber atravesado algo pueden acompañarla durante un instante.

Y quizá, con un poco de suerte, hacerle mirar de otra manera aquello que pensaba que ya estaba decidido.

Porque yo también he tenido puertas delante que parecían cerradas.

Y alguien, alguna vez, puede necesitar ver que otra persona las empujó.

Que quizá no se abrieron de la manera que esperaba.

Que quizá costó muchísimo.

Pero que estaban ahí.

Y que merecía la pena intentarlo.

No sé si a todo se le puede llamar milagro.

Pero sí sé que hay cosas que, cuando las vivimos, nos recuerdan que la esperanza tiene una fuerza que no siempre sabemos medir.

Que hay caminos que no podemos imaginar desde el principio.

Que la vida puede sorprendernos.

Y que, a veces, aquello que alguien pronosticó para nosotros no tiene por qué convertirse en nuestra historia.

Por eso, cuando vuelvo a leer aquella historia y me emociono, ya no veo solamente el accidente.

Veo a una mujer que decidió confiar en sí misma cuando todavía no sabía hasta dónde podía llegar.

Veo a alguien que siguió caminando.

Y quizá eso sea, al final, lo que más me emociona de escribir.

Que un día puedas mirar tus propias palabras y descubrir que contienen una versión de ti que quizá todavía no sabías cuánto admirabas.

Y que, después de haber sido tuyas, puedan dejar de pertenecerte solamente a ti.

Porque algunas historias nacen de nuestra vida.

Pero quizá están destinadas a acompañar también la vida de alguien más.

Y si alguna de las mías consigue hacerlo alguna vez, aunque sea durante un pequeño instante, entonces habrá valido la pena haberlas escrito.

Con sabor a cardamomo y canela,
Meryfu enciende la candela.
🕯️


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Meryfu

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