🌿 Paisaje interior

Hay días en los que una casa también necesita que la habiten

Estoy sentada en el suelo.

No sé muy bien cómo he acabado aquí. Supongo que a veces una se sienta donde puede y, cuando se da cuenta, lleva un rato mirando una habitación como si nunca hubiera estado dentro de ella.

Hay una ventana abierta.

Entra un poco de aire y mueve apenas la cortina.

La casa está tranquila.

Y, sin embargo, tengo la sensación de que hay demasiadas cosas aquí.

No demasiadas cosas de esas que se pueden recoger en una caja.

No.

Me refiero a las otras.

A las que no sabes muy bien dónde poner.

Me quedo mirando una estantería y pienso que quizá las casas se parecen bastante a nosotros.

No por las paredes, ni por las ventanas, ni porque necesiten que alguien vuelva a encender la luz cuando cae la tarde.

Se parecen porque también pueden llenarse sin que nos demos cuenta.

Una casa puede ir acumulando objetos durante años.

Una taza que alguien dejó.

Un libro que compraste porque pensabas que algún día lo leerías.

Una fotografía que ya no recuerdas por qué conservas.

Una llave de una puerta que probablemente ya no existe.

Y un día miras alrededor y piensas:

¿De quién es todo esto?

Me hace gracia pensar que quizá con nosotros ocurre algo parecido.

Vamos viviendo.

Eso hacemos.

Vivimos.

Y mientras vivimos dejamos entrar cosas.

Una conversación.

Una persona.

Una frase.

Una costumbre.

Un miedo.

Una ilusión.

Una manera de entender el amor.

Una forma de hablar de nosotros mismos.

Una idea que escuchamos tantas veces que un día ya no sabemos si la pensamos nosotros o si simplemente aprendimos a repetirla.

Y todo eso va entrando.

A veces lo invitamos.

A veces dejamos la puerta abierta.

A veces alguien entra con una llave que ni siquiera sabíamos que tenía.

Y otras veces somos nosotros quienes abrimos.

Porque queremos.

Porque tenemos curiosidad.

Porque algo nos llama.

Porque creemos que detrás de esa puerta puede haber algo que todavía no conocemos.

Y me gusta pensar que no todo lo que entra tiene que quedarse para siempre.

Eso me parece una de las cosas más bonitas de estar vivos.

Que nada tiene por qué quedarse exactamente donde estaba.

Una tristeza puede cambiar.

Una alegría también.

Una persona puede llegar a tu vida para quedarse, para irse o para convertirse en algo completamente distinto de lo que imaginabas.

Una herida puede cerrar.

O puede enseñarte una forma nueva de tocar.

Una despedida puede doler durante años y, un día cualquiera, encontrarte agradeciendo que hubiera sucedido.

No porque dejara de doler.

Sino porque la vida encontró otra manera de contártela.

Supongo que por eso no me interesa demasiado saber qué cosas son buenas y cuáles son malas.

Claro que sé cuándo algo duele.

Y sé cuándo algo me hace feliz.

Lo sé perfectamente.

Pero también sé que entre una cosa y la otra caben muchísimas habitaciones.

Muchísimas.

Y algunas ni siquiera sabemos todavía que existen.

Por eso a veces me gusta volver a casa.

No a esta casa.

A mí.

Entrar un rato.

Mirar.

Curiosear.

Sin hacer limpieza.

Sin poner etiquetas.

Sin decidir inmediatamente qué debería quedarse y qué debería marcharse.

Solo mirar.

A ver qué hay.

A ver quién vive aquí ahora.

Porque quizá esa sea una de las cosas más extrañas de nosotros: que podemos pasar años habitándonos sin visitarnos realmente.

Podemos conocer nuestras rutinas, nuestras manías, nuestras respuestas.

Sabemos qué hacemos por la mañana.

Qué compramos.

A quién llamamos.

Qué nos gusta comer.

Qué canciones escuchamos.

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Y, aun así, puede haber habitaciones enteras de nosotros que llevan muchísimo tiempo cerradas.

Yo tengo algunas.

No sé tú.

Hay una parte de mí que todavía me sorprende.

A veces aparece cuando menos lo espero.

Una idea.

Una reacción.

Un deseo.

Una ternura.

Algo que hago y pienso: vaya.

Así que esto también vivía aquí.

Y entonces me entra curiosidad.

No miedo.

Curiosidad.

Quiero saber qué más hay.

Qué otras versiones de mí están esperando.

Qué cosas he dejado entrar sin darme cuenta.

Qué cosas ya no quiero.

Qué cosas creía que no eran para mí y, sin embargo, han terminado encontrando su sitio.

Y también qué cosas todavía no han llegado.

Porque esa es otra posibilidad que me gusta.

Pensar que no estamos llenos.

Que todavía queda espacio.

Que quizá mañana alguien nos diga algo que cambie una habitación entera.

Que quizá encontremos un lugar donde nunca habíamos estado.

Que quizá una experiencia que ahora mismo parece imposible termine siendo precisamente la que necesitábamos para descubrir otra parte de nosotros.

No sé.

Me gusta no saberlo.

Me gusta pensar que todavía pueden pasar cosas.

Que todavía podemos sorprendernos.

Que incluso cuando creemos conocer perfectamente nuestra propia casa, puede aparecer una puerta.

Una pequeña puerta.

En una pared que juraríamos que ayer no estaba ahí.

Y quizá no haga falta abrirla.

Quizá baste con saber que existe.

Me levanto del suelo.

La cortina sigue moviéndose.

Fuera hace el mismo día que hacía antes de que yo empezara a pensar en todo esto.

Nada ha cambiado demasiado.

Y, sin embargo, miro la habitación de otra manera.

Pienso que quizá habitarse no consiste en tenerlo todo claro.

Quizá consiste en volver de vez en cuando.

Mirar alrededor.

Reconocer algunas cosas.

Desconocer otras.

Dejar un poco de espacio.

Abrir una ventana.

Y tener la suficiente curiosidad como para preguntarse qué podría entrar por ella.

Porque no sé qué hay dentro de ti.

Ni tú sabes del todo qué hay dentro de mí.

Y quizá eso esté bien.

Quizá sea precisamente ahí donde empieza todo.

En ese pequeño espacio que todavía no conocemos.

En esa habitación que aún no hemos abierto.

En todo aquello que todavía puede ser.

Y si algún día te sientas en el suelo de tu propia casa y tienes la sensación de que algo ha cambiado, aunque no sepas decir qué, quédate un momento.

No hace falta arreglar nada.

Mira.

A lo mejor acabas de descubrir que alguien nuevo ha llegado.

A lo mejor eres tú.

Con sabor a cardamomo y canela,
Meryfu enciende la candela.🕯️


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Meryfu

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