Estoy en la cocina y todavía no sé qué voy a hacer.

Hay algunas cosas sobre la encimera. Unas cuantas más dentro de la nevera.

Abro cajones, miro, vuelvo a cerrar. Miro la despensa.

Siento que hay ingredientes que sé que quiero utilizar y otros que todavía no sé si me apetecen.

Y pienso, quizá la vida se parece bastante a esto.

No sé quién escribió la primera receta.

Quizá una madre.

Quizá una familia entera.

Quizá el lugar donde nacimos, el país, la época, las personas que nos rodearon, aquello que creímos, aquello que dejamos de creer, alguna experiencia que nos cambió para siempre.

Quizá empezamos a cocinar mucho antes de saber que estábamos cocinando.

Siento que se van poniendo ingredientes sobre la mesa.

Amor.

Curiosidad.

Misterio.

Soltar.

Deseo.

Risas.

Soledad.

Pan.

Placer.

Viajes.

Intentos.

Descubrimientos.

Valor.

Creación.

Y también miedo, si lo hay.

Quizás dolor.

Tal vez pérdidas.

Cosas que elegimos.

Y otras que quizá, alguien elige por nosotros.

Una sensación me recorre el cuerpo.

Durante mucho tiempo quizá ni siquiera me pregunté qué estaba haciendo con todo aquello.

Simplemente seguí cocinando.

-Hay recetas que aprendí mirando. Me digo en voz alta.

Como en casa, hay una que no está escrita en ninguna parte y, sin embargo, todos sabemos que existe.

El estofado de ternera lleva chocolate.

Puede llevar tinto o no.

Las verduras pueden variar.

Las cantidades también.

Cada uno puede hacerlo un poco diferente, con su toque.

Pero el chocolate entra, le da profundidad.

No hace falta escribirlo.

Está ahí porque una mujer lo puso alguna vez y, después, alguien más siguió poniéndolo.

Me está gustando pensar que con ese simple gesto, sentimos una conexión.

Hay ingredientes que recibí sin preguntar.

Una forma de querer.

Una manera de hablar.

Una manera de entender el éxito.

Una determinada idea sobre lo que significa ser una buena persona.

Una forma de relacionarnos.

Una creencia.

Una costumbre.

Un miedo.

Una esperanza.

Incluso una manera de imaginar quién podemos llegar a ser.

He curioseado con algunas de esas cosas.

Con otras no.

Quizá tardé un poco en darme cuenta de que puedo mirar la receta y preguntar…

¿Esto lo quiero yo? ¿Es lo que siento realmente?

No para rechazar todo lo que vino antes.

Ni juzgar sus miradas.

– No creo que se trate de eso. Se cuela entre mis labios.

Hay cosas que heredé y que, después de mirarlas bien, elijo conservar.

Porque me gustan.

Porque me reconozco en ellas.

Porque forman parte de instantes importantes y quiero que sigan viviendo conmigo.

Pero también hay ingredientes que llevo años utilizando sin saber por qué.

Me brota una pregunta pequeña.

¿Y si en realidad no lo necesito?

El libre albedrío se tiene que parecer un poco a eso. ¿No?

A descubrir que también puedo elegir.

Y que elegir no siempre significa olvidar.

A veces es simplemente cambiar una cantidad.

O probar con otro ingrediente.

Quizá no poner algo.

Experimentar con algo que nunca me había atrevido a probar.

O quizás dejar la receta encima de la mesa y cocinar un rato sin mirar.

Sonrío.

Eso último me daba bastante miedo.

Porque cuando no hay receta, todo es posible.

Y entonces aparece la duda.

¿Y si no sale bien?

¿Y si me equivoco?

¿Y si esto que se me ha ocurrido no funciona?

¿Y si los demás tienen razón?

¿Y si debería hacerlo como lo hizo alguien antes?

Creo que algunas veces se puede cocinar así la vida.

Buscando recetas que ya hayan funcionado.

Mirando qué hicieron otros.

Comparando.

Repitiendo.

Intentando encontrar una medida exacta para cosas que quizá nunca tuvieron una medida exacta.

¿Cuánto amor?

¿Cuánto tiempo?

¿Cuánto deseo?

¿Cuánta soledad?

¿Cuánto riesgo?

¿Cuánto de mí misma puedo poner aquí sin que sea demasiado?

-No sé. Sacudo la cabeza.

No creo que exista una respuesta que sirva para todos.

¿Qué hay con lo que todavía queda por funcionar?

Quizá la medida correcta sea el equilibrio que cada uno va encontrando mientras vive.

Porque yo no soy ellos.

Y ellos no son yo.

Mi receta no tiene por qué saber como la suya.

Levanto la mirada-

Puede que quiera más silencio.

Puede que escoja más movimiento.

Puede que sienta quedarme.

Puede que necesite irme.

Puede que a alguien le haga bien algo que a mí me resulta difícil.

Puede que mañana cambie de opinión.

Y quizás también puede pasar que aquello que hoy me parecía imposible mañana me parezca exactamente lo que necesitaba.

La vida tiene esa extraña y puede que dulce costumbre de no quedarse quieta.

Quizá por eso me cuesta sentir que una receta pueda ser fija.

Quizá eso es lo que nos hace repetir lo mismo una y otra vez.

Creer que tenemos que encontrar de una vez por todas una sola fórmula correcta.

Como si hubiera una combinación perfecta de ingredientes y, una vez encontrada, todo fuese a encajar.

Pero yo cada vez creo menos en las recetas terminadas.

A veces me apetece algo más profundo.

Otras un deseo muy dulce.

Quizá algún instante de frescura.

Por eso me gustan más las que se están haciendo.

Sonrío y respiro profundo.

Las recetas que todavía huelen a algo que no sabemos nombrar.

Las que te descubren otros mundos.

Las que, de repente, me hacen pensar:

Espera.

Esto no me lo esperaba.

Y, sin embargo, me encanta.

Me gusta pensar que una receta que sale diferente no tiene por qué ser una receta equivocada.

A veces simplemente estoy creando.

Pruebo una cosa.

Después otra.

Me alejo.

Vuelvo.

Mantengo.

Cambio.

Quizá hasta que un día se siente el equilibrio de cocinar mirando hacia atrás.

Con cocinar desde dentro.

Eso sí que me apasiona.

Ese momento en el que tengo unos ingredientes delante y no necesitas preguntarle a nadie qué hacer con ellos.

Los miro.

Los huelo.

Los toco.

Y algo dentro de mí dice:

Esto.

Después esto.

Ahora esto.

Un poco más.

Ya está.

Y confío.

Una intuición

Reconocer mis propias manos.

Siento que hay una libertad enorme en eso.

En poder escribir una receta que todavía no existe.

En saber que las anteriores pueden haber sido importantes y, aun así, no tienen por qué decidir las siguientes.

En descubrir que quiero en la receta.

Que puedo crear otra.

Que se puede probar lo que se desea.

Que quizá no haya una sola vida posible, sino muchas.

Y que algunas todavía ni siquiera se nos han ocurrido.

Ahora mismo, si tuviera que decir qué ingrediente estoy poniendo yo en mi propia cazuela, creo que sería bastante sencillo.

A mí misma.

No siempre lo hice.

Durante mucho tiempo también intenté entender qué receta se suponía que debía seguir.

Qué era correcto.

Qué funcionaría.

Qué podía compartir.

Qué debía guardar.

Qué podía querer.

Qué era demasiado.

Qué era poco.

Pero algo cambió cuando empecé a hacerme espacio a mí.

Cuando dejé de cocinar para demostrar que sé hacerlo.

Cuando dejé de buscar que todo tenga sentido antes de empezar.

Cuando descubrí que no necesitaba saber el final para empezar.

Así que aquí estoy.

Con la receta a mi manera.

Con algunas cosas prestadas.

Con otras creadas.

Con muchas que todavía quedan por descubrir.

Y con ganas de mirar qué ocurre si esta vez no intento cocinar como nadie más.

Sonrío, simplemente me siento en casa.

Quizá mañana cambie algo.

Quizá descubra un ingrediente nuevo.

Quizá vuelva a una receta antigua y descubra que ahora me sabe diferente.

Quizá invente algo.

Quién sabe.

Y no pasa nada.

La receta sigue en blanco en algunos lugares.

Y me encanta.

Porque siento que todavía puedo escribir.

Todavía puedo probar.

Todavía puedo elegir.

Todavía puedo crear.

Sin juzgar.

Sin intentar arreglarla.

Solo mirar.

Y preguntarte, con un poco de curiosidad:

¿Qué me apetece?

Con sabor a cardamomo y canela,
Meryfu enciende la candela.
🕯️


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Meryfu

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